24 Mar Lorena Domingo Aliaga
“Muchas cosas en el mundo carecen de nombre y hay muchas cosas que,
aún cuando lo tienen, nunca han sido descritas”.
Notas sobre lo ‘Camp’. Susan Sontag
En Twerking gardens Leticia Martínez nos invita a imaginar una utopía transhumana trazada en el
esbozo ideal de un jardín. A través de su lenguaje escultórico, nos adentra en un ambiente en el que se
intuye una inclinación hacia una naturaleza controlada y transformada, una instalación que conecta con
su proyecto Deliciae realizado en 2020 en la Casa de Velázquez Academia de Francia en Madrid, bajo su
atenta mirada a El jardín de las Delicias de El Bosco.
Se presenta su primera exposición individual en Zaragoza, mostrando sus instalaciones en las dos salas
expositivas de Impact Hub. Este proyecto artístico reúne obras inéditas, junto a pinturas en seda y
esculturas que se construyen mediante la exploración que hace la artista acerca de la relación entre lo
kitsch, el erotismo, lo queer, el intersticio entre cultura noble y vernácula y la disolución del binomio
naturaleza-cultura.
Conceptualmente concentradas en su proyección de pensamiento, las obras de Leticia mezclan
diferentes medios, forman una nueva hipótesis donde el “estilo” como marca no tiene lugar, y la
simetría, los cuerpos y la sensualidad se combinan para crear nuevos significados que enfatizan
(enfatizar “algo”, no “con algo”) con el carácter temporal del escenario creado. Usa la abstracción y la
geometría como herramientas para representar una realidad utópica fuera de las categorías humanas.
El cuerpo como órgano inteligente, sexualidades, humor, vulgaridad y artesanía dan vida a un jardín de
formas e identidades híbridas.
Hay en todas las obras de Twerking gardens una respuesta formal que responde a una declaración
acerca de la necesidad de volver a tomar el campo de la fantasía en diferentes perspectivas que
derriban la mirada de los establecido. Su intención de crear un universo al límite entre ficción y realidad,
pone a prueba las propias predisposiciones del espectador hacia la determinación sexual y el concepto
de “naturaleza”. Reflexiona sobre nuestra forma de mirar y contextualizar los lugares, así como del
modo mediatizado que muchas veces tenemos de ver las cosas, fragmentando y reconstruyendo,
sensaciones que nos ayudan a recrear a estas figuras y este paisaje, que se reinterpretan y dependen de
la percepción subjetiva de quien observa.
Su apropiación de las prácticas artesanales, como la alfarería y la pintura sobre seda, le permite
desarrollar su lenguaje artístico utilizando estos medios atemporales y anacrónicos, viejos pero nuevos,
sencillos aunque sofisticados. Convierte la cerámica en un gran borrador donde ensaya relecturas de lo
popular y tensa la tradición y buscando nuevas alternativas. Utiliza este material dúctil por excelencia,
trabaja una memoria de gestos donde el cuerpo aparece vinculado a cuestiones de escala, peso y
direcciones verticales y horizontales como evocación de posturas básicas. En su manera de relacionar
los objetos veo en las instalaciones de Leticia una monumental escultura, que fuerza al espectador a
recorrerla, a transitar su condición poliédrica, a rodearla y deambular por su espacio vital.
Una confesión de Leticia ayuda a comprender su búsqueda en la sensibilidad estética Camp, que basa su
atractivo en el humor, la ironía y la exageración. En ella encuentra la esencia de su práctica artística,
Interesándose en sus cualidades atractivas bajo los parámetros de la banalidad, la vulgaridad, la
artificialidad, lo burlesco y el carácter afeminado.
Pienso entonces en el ensayo de la escritora estadounidense Susan Sontag, Notas sobre lo camp (1964),
considerado un texto proto-queer, es un antecedente de los estudios que proliferaron en los años 90
sobre homosexualidad y políticas LGBTI. Subraya Sontag una sensibilidad marcada por el amor a lo no
natural, al artificio y la exageración; David Halperin (2012) lo relaciona con el uso de la ironía como
estrategia de subversión, mientras que Richard Dyer (1977) define lo Camp como una forma de
resistencia queer, una manera de ver los objetos más allá de cualquier cualidad inherente al objeto en sí
mismo, algo que encontramos en el trabajo de Leticia de una manera muy libertina.
Cuando observo la serie de Villa Mandarina me lleva a pensar en la imagen de la metáfora del cyborg de
Donna Haraway. En su Manifiesto para Cyborg, Haraway aplica este término para definir la realidad
social contemporánea como un mundo postgenérico, habitado por híbridos o ciborgs. Desaparecen las
fronteras entre lo orgánico y lo mecánico, entre las identidades sexuales, lo material y lo inmaterial.
Siendo consciente de que la parte tecnológica no está presente en el trabajo de Leticia, me vienen a la
mente diversas expresiones artísticas del cyborg, como es el caso de Matthew Barney, que explora las
fronteras entre lo humano y lo animal y entre distintos géneros creando una serie híbridos
semihumanos que constituyen su propio universo mitológico en su obra audiovisual.
Leticia Martínez toma conciencia de la hibridación en sus “esculturas travestidas”, como así las llama
ella. Plantean el discurso del concepto utópico de estar más allá de la masculinidad y feminidad, ya que
como Haraway recalca: “Las construcciones de género son todavía significativas y prevalecen, son
problemáticas y a raíz de eso deberían ser eliminadas como categorías de identidad”.
Leticia juega con los estereotipos de género, trabaja el antropomorfismo para crear un imaginario
fantasioso. Para ella todo forma parte de algo y ninguna realidad, ningún motivo, funciona aislado. De
ahí que entre sus referentes cite a Shana Moulton, artista que explora las ansiedades contemporáneas a
través de su alter ego cinematográfico, Cynthian, combinando un humor irónico e inquietante con una
sensibilidad pop. A través de la narrativa de Moulton, Cynthia obtiene alivio de las presiones sociales de
sus productos domésticos usándolos de formas no prescritas.
La relación del hombre con los objetos es algo que también encontramos en el pensamiento de Jean
Baudrillard, quien igualmente está presente en los referentes de Leticia. Nos sedujo y estimuló con su
enfoque sobre nuestros objetos cotidianos. A lo largo de su discurso, Baudrillard hace un repaso de la
evolución de los objetos domésticos y nos introduce en la interpretación de los usos simbólicos y
secretos, de los significados de nuestros enseres. Repasa la configuración del mobiliario como fiel
imagen de las estructuras familiares y sociales de una época, con conclusiones siempre sorprendentes
de aspectos aparentemente banales. En El sistema de los objetos (1968) examina la relación del hombre
con los objetos en la sociedad de consumo, tratando de circunscribir "un plan de racionalidad del
objeto". Nos proyecta que en el mundo posmoderno no hay realidad, sino simulacro de la realidad, una
suerte de realidad virtual creada por los medios de comunicación. Me interesa cómo Leticia Martínez
consigue acoger en su obra lo real, toma conciencia de que ya no es aquello que se puede reproducir,
sino lo reproducido como en Twerking gardens.
Lorena Domingo Aliaga, comisaria. 2021